
lunes, 11 de octubre de 2010
Tú y yo

martes, 22 de junio de 2010
Los niños que dejan de serlo (segunda parte)
Con un grito ahogado de sorpresa, detuvo la danza y la bruma volvió a su lugar. Sus desconcertados iris verdes escrutaron los alrededores, pues no se podía ver nada con aquella siniestra masa gaseosa.
-No se puede hacer ruido aquí.
-¿Quién eres?- Avanzó unos pasos en la dirección de donde provenían los susurros. Una chiquilla, aproximadamente de su misma edad y altura se recolocaba las telas y gasas que la cubrían. El único reflejo de aquellos ojos negros era un miedo profundo e intenso. Su cuerpo, que se podía intuir entre los pliegues que formaba su atuendo, se retorcía, formaba un ovillo simulando una coraza, un caparazón en el que ocultarse.
-¡Aléjate! Aquí no puedes ir así vestida.
-¿Y por qué no? No me gusta taparme la cara.
-Debes hacerlo. Si no, pasará.
Antes de poder realizar ninguna pregunta, comenzó a notar como sus brazos comenzaban a dolerle. Primero una molestia, luego un dolor insoportable. De la misma manera, una presión le laceró el pecho, y la respiración se hizo dificultosa. La extraña desconocida le ofreció uno de los pañuelos, brindándole una oportunidad de sobrevivir allí. Nuestra niña, con un mar de dolor inundando el bosque de sus ojos, alargó dubitativamente la mano, dispuesta a frenar esa insufrible sensación. Pero un momento antes de rozar la tela con la yema de los dedos, echó a correr. Bajó a toda prisa, sin mirar al frente, concentrándose en cada una de las zancadas, para que la enviaran cada vez más lejos.
La premura de su carrera le hizo llegar a un extraño paisaje. El duro suelo mudó en arena, y comenzó, esta vez, a llover. Era una lluvia triste, el aguacero que precede a las desgracias. La viajera buscó un lugar en el que cubrirse, pero en aquél desierto no había siquiera piedras para protegerse del temporal. Sentía las gotas como frías agujas clavándose a la vez en la piel.
Avistó entonces a lo lejos algo tendido en el suelo. “Tal vez sirva para cubrirme” pensó. Correteó un poco hasta llegar, y una mezcla de sentimientos se apoderó de ella. Por una parte, desilusión por no haber encontrado lo que buscaba. Por otra, el hastío de una imagen desagradable. Y por último, la compasión floreciente, impropia de su edad. Derrumbado en la arena, la moribunda figura de un niño, que sonreía mirando las nubes. Cada espiración, suspiros por donde una parte del alma se escapaba por su boca, era acompañada por un gimoteo de dolor. Su esquelética complexión, sus hoyuelos hundidos, las profundas arrugas de la piel, hacían que se pareciese más a un cadáver que a un crío de apenas ocho años.
-Agua…-Su voz sonaba como si su garganta estuviese llena de polvo. Hablaba, pero no parecía haberse dado cuenta de la presencia de la recién llegada. -Sé que con esta no sobreviviré. Pero hacía tanto tiempo que la buscaba…
Una última sonrisa y una mueca de dolor fueron los últimos movimientos que realizó. Una silenciosa lágrima se deslizó por su rostro, uniéndose al agua que lo empapaba. Luego se quedó quieto, muy quieto. Quieto para siempre.
Nuestra niña, tras permanecer de rodillas observando el cuerpo inmóvil del chiquillo, se levantó. En algún momento, con un sentimiento que ninguno de los adjetivos se aproxima siquiera, llegó al bosque.
Y jamás, jamás, volvió a recordar que en algún momento deseó con febril insistencia tener un camisón nuevo, del color del cielo.
lunes, 21 de junio de 2010
Los niños que dejan de serlo (primera parte)
Hacía rato que caminaba, pero sus piececitos no querían pararse. De hecho, parecía estar dispuesta a echarse a bailar en cualquier momento. Es la energía inagotable que Morfeo nos cede en los sueños. Nos persigan o volemos, siempre hay una reserva de adrenalina dispuesta a ser utilizada. Pero nuestra protagonista no parecía nerviosa. Era como si flotara entre los árboles, simulando la brisa que hace sonar las hojas. La que juega y se esconde en las plantas. La que serpentea por el bosque y acaricia los troncos.
Siempre se encontraba bien en aquel lugar. Perseguía liebres y jugueteaba escondiéndose en lugares donde, pensaba, se ocultaban los maravillosos seres de los cuentos. Cuando quería tomar manzanas, las arrancaba suavemente de las ramas. Tenía todo cuanto una niñita necesitaba. Sin embargo, a veces deseaba algo más. Siempre llevaba el mismo camisón blanco. ¡Ella quería uno nuevo! Uno de color azul. Pensaba que si algún día acompañaba a los pájaros, tal vez la confundirían con el cielo. Sueños de niña.
En su capricho, un día de especial furor, llegó al final de la arboleda. La tupida red que formaban las hojas dio paso a un hostil paisaje. Un enorme peñasco se erguía puntiagudo, amenazante, señalando el horizonte, soportando las fieras olas de un mar que lo azotaba. Y allí de pie, observando el oleaje, un niño.
Se acercó con paso más reposado. La piedra, llena de guijarros, devolvía a cada paso un seco sonido. Cuando se acercó vio que al lado del niño había una caja llena de polvorientos juguetes.
-Hola- saludó la pequeña.- ¿Qué haces?
El desconocido alargó la mano, tomó un payaso de peluche cuya limpia sonrisa contrastaba con su triste desgaste, y, con la frialdad que sucede al llanto, lo dejó caer al embravecido mar.
-Ya no los necesito. Mañana me iré lejos a pelear.
-¿A pelear? ¿Contra quién?
A esto último no respondió tan rápido. Miró las nubes, que teñían el aire de un tono plateado. Tras tomar un poco de aire, sus labios se abrieron ligeramente y contestó:
-No lo sé.
Tras un momento de silencio, con el rugido de las olas y el viento de fondo, una gota impactó en su desconcertada cabecita. Se olvidó de aquel extraño personaje y pensó en ponerse a cubierto antes de que empezase a llover. Pero, si del cielo no caía aún agua ¿de dónde provenía esa partícula de desesperanza?
La pequeña caminante llegó esta vez a un lugar muy árido, a una montaña de piedras grises. Las nubes de lluvia, más oscuras esta vez, amenazaban la cima. Con el onírico don que había recibido, subió rápidamente flotando sobre los escarpados salientes. Un inmenso cráter, recipiente de niebla más opaca que la negra oscuridad nocturna, coronaba el punto más alto. La imparable curiosidad y la osadía de la inexperiencia impulsaron sus piernas, alentándolas a que se sumergieran en la tétrica nube. Cada movimiento provocaba una turbulencia en ese asfixiante aire, que giraba sobre sí mismo y lentamente se detenía de nuevo. A nuestro infante le pareció divertido, y comenzó a saltar, creando corrientes más fuertes, rápidas, y la niebla comenzó a disiparse por donde pasaba. De igual manera, cada paso producía un sonido aumentado debido a la forma del lugar. Una vocecilla surgida de la nada exhaló: “¡Basta!”
sábado, 20 de marzo de 2010
El contrato
-Dadme la mano, hermana mía-
Fuera, tal vez, la angustiosa firmeza con la que me hablaba, el distinguido y serio tono o el usual registro formal de la clase a la que pertenecemos, la que ordenó a mis músculos moverse. Mi palma se colocó automáticamente en el dorso de su mano y al instante comenzó a acariciarla, como quien saca brillo a un tesoro, a una pieza de oro de la que piensa sacar beneficio. Sonriendo ligeramente al frente comenzó a andar. Con ojos bien abiertos y mirada ciega, le seguí yo. Al momento sentí el vestido ondular en mi cuerpo. Me estaba moviendo. Ni dolencia ni placer sentía. No era más dueña de mi voluntad y mi cuerpo que mi reprensor. La pesada tela roja bailaba a cada movimiento. La parte superior, rígida. El corsé igualmente carmín presionaba aún más mi lánguido corazón. Varias docenas de pequeñas pinzas y broches me recogían el pelo, estirando hacia atrás, evitando cualquier intento de flaqueza. Todo en mí parecía estar dispuesto por mi acompañante, con el fin de que mantuviese, si no mi alma, mi cuerpo erguido. Por un congelado momento, instante que nadie recordará como yo, mis pupilas cobraron vida. Atravesé con la mirada a mi acompañante, a través de él a los invitados y tras estos últimos llegué a la ventana. Un par de telas que jamás había visto colgaban a los lados. Pero el marco, la forma y el exterior eran iguales. Un recuerdo borró las sillas cuidadosamente dispuestas, la alfombra impecable bajo mis pies y el resto de muebles lujosos de la sala. Se llevó las luces doradas de araña que caían del techo. Todo el mundo se desvaneció. Menos yo. Y una chiquilla recién aparecida que, descalza y en ropa de dormir, pelo al viento miraba en la ventana la recién caída nieve. Infante era yo entonces. Pero nada era igual a este momento. Húmedos y agrietados por venas son ahora mis ojos, la sombra de la pura y abierta mirada de la niña. Secos son los labios, aunque enardecidos por pinturas de fuego fingido no se comparan a las sinceras palabras que dirían los pálidos de la muchacha. Y aún con su pelo revuelto y enfurecido, más felices son que atrapándolos con accesorios, pasadores y pinzas, que lo aprisionan y lo dañan.
Marcó el final de mi recuerdo el inicio del siguiente paso que había de dar, anunciado por el sonido del tacón. El salón de actos restauró su nuevo aspecto. La presión en mi mano volvió, como los trajeados invitados. La impasible flecha de mis ojos apuntó al frente. Ante la gran y apagada chimenea, sobre una mesita exótica, reliquia familiar, se hallaban un papel y una pluma. La pluma de la avenencia. El remedio de mi familia, la espada de mi asesino. Parecía que lloraba por mí la tinta. Que crepitaba el fuego de las velas en tono fúnebre a honor mío. Que deseaba la alfombra hacerse infinita para no permitirme jamás llegar hasta su final. Que agitaba el viento la casa, queriéndola derrumbar por salvar mi vida. Porque la firma acabaría con mi libertad. Me separaría de la persona que desposarme debía, no del hombre que en el término de la sala, pies juntos, manos a la espalda, media sonrisa esperaba mi inminente llegada.
Si una lágrima huyendo furtiva recorrió mi mentón en ese momento, debieron volver todos el rostro, porque o ni una palabra se dijo o yo yerro al afirmar tal cosa. Debió también ser mentira el penar de mi semblante, pues nadie dijo nada. Tal vez, y pecando de egoísta, no se habían percatado, no obstante, de las razones de celebración. Pero ninguno de los presentes corrigió los rumores. Ni dijo nada en contra o a favor. Ni mi hermano, que mi mano cogía, amonestó a aquellas criadas que entre susurros y juicios de los pasillos, de las cocinas, en los rincones, compadecían a la señorita de la casa, que a casarse iba con un magnate allegado de su hermano. Nos encontrábamos, pues, los tres personajes de la historia, en el auge del libro. Todos desconocían el desenlace, pero nadie reía como comedia mi tragedia. Sonrisas imperaban en los rostros. Todos eran, pues, placidos. ¿Todos? Es sabido que la pena de unos es placer de otros, y que entonces mi sufrimiento se convertiría posteriormente en el gozo y regocijo de toda la casa.
Hacía rato ya, que el contrato de esponsales era ante mí, o yo ante él, no lo recuerdo. Marcado en tinta era ya un lado, un manchado borrón. A la derecha, blanco el papel incitaba a ser mancillado también. Pero ¿cómo hacer objeto culpable al mísero, inconsciente folio?
-Escribe-
Abrí mis labios desconcertada al ser sacada de mi estado de delirio, pero oí de nuevo la imperante orden, susurrada con rabia por mi fraternal compañero.
-Escribe he dicho-
Gritó el papel, con su rugoso sonido al ser rasgado por la pluma asesina. La negra sangre se fijó en forma de firma. Esto no era una boda, era un negocio, una fusión de empresas. Mi hermano y mi esposo, presidentes. Yo, simple tapadera. Marioneta entregada al mayor postor, en un enlace sin amor ni deseo, mascota silenciosa, castigada al querer ladrar.
Los días pasaron. El sol parecía oscuro, la noche demasiado corta. Me rodearon el lujo y las sonrisas, que parecían querer proveerme de aquello que manco. La familia lo sabe, nadie dice nada. El silencio es la cortés respuesta a las situaciones incómodas. Una realidad injustamente reservada al sexo femenino.
miércoles, 3 de febrero de 2010
El pico más alto
El arte representa la belleza. Pero constantemente lo usamos para demostrar nuestro poder, no para agradar. A mí me resulta casi insultante cuando dos personas discuten por cuál de sus respectivas ciudades tiene un legado cultural mayor. Pero es el doloroso reflejo de la mentalidad conflictiva de nuestro conflictivo mundo. Podría decir que preferiría que todo ese dinero, o esas materias primas se utilizasen para la construcción de hospitales, escuelas y demás instituciones necesarias en lugares (que tendemos a recordar únicamente a la hora de comer, frente al televisor, pero que se borra de nuestras mentes tan rápido como cambia el locutor de tema) donde realmente lo necesitan. Pero eso son temas donde no voy a meterme.
No me interesan los lejanos lugares llenos de prestigio: el inerte suelo de esos sitios se vanagloria incluso de pertenecer allí. Por eso, lo he decidido. Este pedazo de hierro será ahora mi Torre Eiffel, mis Torres Petronas. Mi imponente Panteón y mi Estatua de la Libertad.
Este trozo, pedazo de agrietado, desgastado y oxidado hierro será el pico más alto.