lunes, 11 de octubre de 2010

Tú y yo

-Como una estatua me yergo. He aquí mi efigie pálida, helada, sentada sobre aquesta roca. En la soledad de esta pradera, jardín y envidia de aquellos para quienes sólo soy un número y una dirección, jamás he encontrado una sola flor digna de mi interés. Soy el intento fallido de expresiva felicidad que resalta en la cima de la pradera cubierta de albas rosas. Y sin embargo, pese a mi hastío, aquí permanezco como cada día. Valiente estúpida.
Maldigo ahora reposada ¡o con el puño levantado al aire! A todo ser viviente que he visto en el transcurso de mi vida.Una habitación, un libro de tapas desgastadas, eco de risas por el pasillo, miradas mal disimuladas, pisadas, orejas en la puerta. ¡Sucia hija de un conde! ¡Sucia hija de una condesa! Y sigo buscando el horizonte ¡No aquel fondo azulado, donde no puedo alcanzar ver más! Sigo buscando, imaginando mil espacios sin fin, el silencio que no es roto por una carcajada cruel, un cuchicheo violento, imparable, el rasgar del papel por una pluma poco juiciosa.
Mis dos orbes negros se han secado ya. Reflejan una mirada perdida, de la que nadie sabe qué intenta alcanzar. Pero bajo su capa de piel, un ardor congelado me recorre. Fuegos fatuos comenzaron a quemar mi alma, lacerando mi pecho desde dentro. Un ligero pestañeo es la única muestra de mi casi desaparecida humanidad.
Pero a veces, y por contentaros, suelto una risotada desde mi pedestal de piedra, y aun así me miráis pareciendo ver en mí a una bestia enloquecida ¿No conveníais que la diversión era óptima para mí? Vuestras incautas almas me entretienen profundamente. Encontrar a alguien con menor valor que yo misma es admirable y divertido a la vez. Sois ratitas desprevenidas, cuya profesión es la de destripar las vidas ajenas. Incluida la de una servidora. Ver las caras de desconfianza, el mal juicio, y tras haber comprobado varias veces la moneda, vuestras dos caras, he comprendido que esta vida terminó para mí.
¡Qué triste raza! ¡Qué plaga de miradas frías y sonrisas maliciosas! Qué pavor siente mi alma al ver acercarse a cualquiera de ellas. Mi resentido corazón tirita, queriendo alejarse acobardado de allí. Dibujo con mis ojos el camino que me llevara a la eternidad.
-¿Realmente desea venir?
-¿Quién és?
-Me llamastes y aquí estoy. Soy quien guiará tu alma por tan anhelado camino.
-Tardó demasiado ¿Dónde estuvo mientras yo le esperaba?¿Cómo piensa compensarme tantos años de espera?
-¿Qué es esto? ¿Nadie va a sorprenderse o asustarse? ¿Por qué no sangras? ¿Por qué no te retuerces? Si viva eres ¿por qué quieres acompañarme?
-Usted no entiende, la vida es batalla, es dolor y tristeza, sufrimiento que no acaba ¿Por qué me iba a negar a dar mi último paseo con usted?
-Qué rostro tan helado, qué facciones tan frías. No puedo evitar templar mis designios hasta conocer los motivos de esta pensante criatura. Habla ahora antes que el filo del destino corte tus palabras.
-Ya no tengo destino, mi camino esta escrito, soy una flor marchita que espera su recogida, ¡Usted es mi destino!
-La muerte es cruel y sin esperanza, tienes en tus manos un camino para tomar, yo no soy tu destino, el destino lo escribes tú ¿De verdad quieres cambiar tu tan valiosa vida por una muerte que es la nada?
-¡Oh! Mi muerte, tengo en mis manos pesares que no cesan, tantas tristezas y agonias,
¿Acaso esto no es menos que nada?
-¿No te parece egoista? ¿acaso mi vida tiene más valor que la tuya? Indago infinitamente por la vasta Tierra, recogiendo las almas de quienes me ven como un malvado. Y tú, quien puede refugiarse en la llama de un hogar, quien vive sin mayores problemas, tú que conocerás el descanso entero, ¿te crees desgraciada?
-Quizás lo sea, pero no puedo evitar pensar más que en mí misma. No entiendo tu infinita vida, tampoco me creo desgraciada, sólo quiero conseguir algo de felicidad y hacer algo por mí misma.
-Si tu felicidad no es más que la muerte no tengo nada más que decir. Este será el verso final de la tragedia. (Ella muere)

He recorrido a mi pesar todo el mundo desde tiempos inmemoriales. He llevado en mi mano las últimas palabras, casi suspiros, de la gente antes de que su vida finalice. Desconozco mi interior. Ni siquiera sé si soy capaz de sentir o soy una simple marioneta hueca. Hace tiempo decidí dejar de pensar en mi destino. Porque es una simple línea de sangre deslizándose cuesta abajo, sin límite conocido, hacia el abismo de la incertidumbre, el terminar de una corriente que gira sobre sí misma.
Mi actitud, tal vez ahora, esté condicionada por lo que he visto, y puedo recordar. Amor, pasión, llanto y sudor frío. Las cosas que veo antes de que la víctima caiga en mis manos. La paz que hace que cierres los ojos, o el impacto de las pupilas dilatadas.
No recuerdo mi origen, pero tampoco mi final. Sigo siendo solamente un títere del destino.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Tus ojos marrones

Decían los cielos que un azul como el suyo era inimitable. Que las nubes en una pincelada de blanco descarado creaban en refinada sintonía la elegancia celeste. Y el del mar, que en amplitud caprichosa entona sentimientos contradictorios fusionando lo opuesto en profunda tensión, en equilibrio que amenaza con romper. La belleza del color frío.

Hablaban las leyendas de bosques verdes, interminables. De tonos grisáceos, como el abeto y la oliva, otros brillantes como la esmeralda. Los más celosos querían parecerse a los anteriores y se volvían azulados. Representando la vida y la tranquilidad, nos sume en la variedad de la naturaleza más calmada. Nos trae a la mente el sonido de las hojas y la fauna de la selva.

En un intento de llamar la atención, el ámbar reluce con esfuerzo, logrando con creces su cometido. Con discreción innata hechiza y maravilla a todos aquellos que lo ven, como en una onírica fantasía. Te impide mirar a otro lado, porque está en todas partes. El atractivo misticismo que lo rodea nos lleva a admirar generosamente sus hermosas cualidades.

Los negros son, sin embargo, los más misteriosos. Cuentan historias en una mirada, llenan de incertidumbre y curiosidad a quien los observa. Gritan ayuda, o indican determinación cuando es necesario. Se imponen si es necesario, y demuestran también que como la noche, su brillo es capaz de arroparnos y velar si lo desean. Te engullen, como la oscuridad más profunda.

Al demonio con todos los colores. A mí me gustan tus ojos marrones. El color del chocolate, de la rama seca y del antiguo pergamino. Ojalá puediera verlos, y verte a ti también. A mí me gustan tus ojos marrones, porque son libres. Porque lloran, y porque puedo mirarlos de cerca para secar tus lágrimas. A mí me gustan tus ojos marrones, porque tuyos son.

viernes, 27 de agosto de 2010

Idea incorruptible


Cuando la pesadilla acabó, en su tan liviana barrera entre la fantasía y la realidad, se creó una extraña semejanza. El mundo material y el abstracto, reconciliados. Me di cuenta al instante de que con el fin del uno había estallado en un silencioso disparo el comienzo del segundo, y ambos eran aterradoramente similares. La onírica tortura se había tornado del humo intangible en corpóreo, y aun me laceraba. Mi mundo, mi tan preciado mundo. Aquél donde las nubes son de apetitoso algodón rosado, en el que los peces parecen observarte, en el que los cuadros te sonríen en secreto. Allí las caracolas esconden mares, y uno puede escucharlos si acerca la oreja. En el que los duendes habitantes de húmedas y oscuras cuevas repiten lo que dices si te adentras en su morada.

Mi incorruptible cosmos había sido mancillado, tachado y parasitado por la tintura gris de la realidad. El asedio implacable de la mundanal miseria había asaltado aprovechando el asombro que su duro golpe me había provocado, el delicado entramado que componían mis sueños. Como estrellas prendidas del techo, todas ellas cayeron al ser cortados los hilos que las sujetaban por las afiladas infamias de terrenal origen. Las mismas que con grietas de un suave tono rojo invadieron los ojos castaños incapaces de ver por las incipientes lágrimas, a punto de caer.

Encontré la cama vacía. Y me acordé de quién debía estar allí. Aun ahogando un sollozo, no pude evitar que una gota abriese un húmedo surco en mi mejilla. Acaricié por largo rato la sábana que solía arroparte, la almohada que hacía de tus noches un apacible descanso. Y, por último, acerqué el rostro al caprichoso colchón, que en un intento de retener tu esencia, se había quedado con restos de tu aroma. Mientras captaba estos materiales recuerdos, me invadió la terrible sensación. La que hace que nos demos cuenta de que eras real, y no te tenía entre mis manos.

Me encontré vacío. Y recordé quién debería completar mis huecos. Aun conteniendo un gemido de asombro, no pude evitar el abrir mis ojos a causa del asombro. Acaricié por largo rato mis brazos, que solía arropar, los labios que acariciaba buscando un plácido reposo. Y, por último, acerqué la cara a mis manos, que en una desesperada última búsqueda de esperanzas intentaron retenerte y habían atrapado parte de tu olor. Mientras me reponía de la impresión me di cuenta de que eras real, y de que te habías ido.

Pero, aunque no lo sepas, no importa. No sabes que estamos todavía unidos.

Nos une el mismo sol y la misma noche.

La misma luna y el mismo día.

El calor, el frío, el viento y las tormentas.

El agua y la tierra, amor, nos amparan, aun separados, bajo el abrazo de la misma vida. Y al hacer tan vívidas las evidencias que señalan tu existencia, puedo expresarte sin duda ninguna que es palpable, innegable y mi única idea aun limpia el que te amo. Para siempre.

miércoles, 21 de julio de 2010

Tarde


-He llegado tan tarde…

-Moriré, pero sabiendo que te he podido hacer mío el tiempo que he permanecido viva.

-Siento cómo te evaporas en mis manos. No te marches, por favor.

-Sigo aquí, contigo, vida mía.

-¿Vida tuya?

-Creo que habría muerto antes. Te necesitaba para vivir un par de horas más.

-Solo he podido darte un par de horas. Un par de horas agonizantes.

-No te tortures, amor. Convierte los espasmos en risas disimuladas, y torna la tristeza de las lágrimas en loca alegría. Los sollozos no son más que risas descontroladas. Haz que el remedio a la tragedia sea una pincelada de color, y no te culpes, porque siempre serás mi héroe.

-No te vayas.

-No me he movido.

-Si tú mueres, lo haré yo también.

-Ah, no, no lo harás. Seguirás viviendo.

-Viviré por ti.

-Estás equivocado. Viviré en tu recuerdo, pero debes vivir, y continuar con tu vida. La felicidad… la felicidad…

-¡¿Qué ocurre?!

-Me siento tan débil…

-No me abandones…

-Deja de ser tan egoista. Me estoy muriendo, ¿quieres dejar de pensar en ti?

-No frivolices con esto…

-Si es la verdad.

-Te amo.

-Y yo a ti… para siempre.

lunes, 12 de julio de 2010

Tuyo


No es un acontecimiento que se anuncie. No llega con la parafarnalia típica de las entidades importantes, ni está precedida de música y gritos. Es algo modesto, una nebulosa que se desliza silenciosa, que rozando el sueño o volando por los cielos impacta nuestro cuerpo. Se extiende desde su golpe en el pecho, y como una descarga sientes cómo se expande hasta la punta de los dedos. Parece que la dureza del golpe jamás se extinguirá, porque continúa latente en el corazón, que era su diana. Las desgracias pierden sentido, y los músculos se ven forzados a abandonar si habitual conducta. Los labios sonríen, las miradas se vuelven tiernas (a veces melancólicas) y las caricias dulces. A veces, incluso, se llega a cantar, se han dado casos en los que el susodicho no deja de hacerlo hasta que la electricidad se desvanece.
La imaginación vuela, al igual que nuestro cuerpo. Sentimos cómo flotamos, porque es como si fuésemos mullidos y todo problema diese un pequeño bote y retrocediese. De repente, una idea se va construyendo en la mente. Se adhieren, a veces, elementos fantásticos, que concluyen a veces en un final maravilloso, que incrementa el potencial emisor de esta extraña sensación. Nos sentimos tan bien que, estremeciéndonos, nos cojemos a algo y sonreimos de una forma maravillosa. Es la sonrisa que hace bella a la persona más horrenda, la viva expresión de la felicidad.
Ayer imaginé, tocar de tu pelo un mechón. Enredarlo entre mis dedos y besarlo lentamente. Mirarte a los ojos, sonreirme por tu expresión, acariciarte la mejilla con la yema de los dedos. Por tus labios ascender, enrojecidos, con los míos, llegar… Y, ah, probar tu aliento al acariciar la deliciosa brisa que hace ondear mi cordura y mi razón. Adiós, vida, márchate. Quién sabe, cómo me llamo, si de nada me sirve. Al mirarte a los ojos, recuerdo mi nombre.
Tuyo.

viernes, 2 de julio de 2010

Error en la objetividad


(Imaginación en marcha)

-Hola.

-Hola.

-Hacía mucho que no nos veíamos…

-Es cierto. Y eso que, en el fondo, no vivimos tan lejos.

-He pensado en ti constantemente, no te creas que te tengo olvidado.

-No lo dudo, aunque últimamente no me lo has demostrado mucho.

-Podría decirte mil excusas; ninguna me parece justificable. Lo siento.

-Bueno, está bien.

-Creo que tengo algo tuyo.

-Sí, es cierto.

-¿Para qué lo querías?

(Error en la objetividad)

-Para verte a ti.

-Mentiroso.

-¿Y qué te hace pensar que no es verdad?

-No sé, no me fío de ti.

-Vaya, así que no te fías de mí…

-Es broma… a medias. He aprendido a no fiarme de ti. Eres una mala influencia.

-Lo soy.

-Mi mala influencia.

-Ciertamente, sí.

-Te he echado de menos.

-Yo también a ti. Necesitaba hablar contigo.

-Y bien, ¿qué querías?

(El deseo ha provocado una desviación en la fantasía, la realidad no ha sido encontrada. El equipo procederá a apagarse)

martes, 22 de junio de 2010

Los niños que dejan de serlo (segunda parte)


Con un grito ahogado de sorpresa, detuvo la danza y la bruma volvió a su lugar. Sus desconcertados iris verdes escrutaron los alrededores, pues no se podía ver nada con aquella siniestra masa gaseosa.

-No se puede hacer ruido aquí.

-¿Quién eres?- Avanzó unos pasos en la dirección de donde provenían los susurros. Una chiquilla, aproximadamente de su misma edad y altura se recolocaba las telas y gasas que la cubrían. El único reflejo de aquellos ojos negros era un miedo profundo e intenso. Su cuerpo, que se podía intuir entre los pliegues que formaba su atuendo, se retorcía, formaba un ovillo simulando una coraza, un caparazón en el que ocultarse.

-¡Aléjate! Aquí no puedes ir así vestida.

-¿Y por qué no? No me gusta taparme la cara.

-Debes hacerlo. Si no, pasará.

Antes de poder realizar ninguna pregunta, comenzó a notar como sus brazos comenzaban a dolerle. Primero una molestia, luego un dolor insoportable. De la misma manera, una presión le laceró el pecho, y la respiración se hizo dificultosa. La extraña desconocida le ofreció uno de los pañuelos, brindándole una oportunidad de sobrevivir allí. Nuestra niña, con un mar de dolor inundando el bosque de sus ojos, alargó dubitativamente la mano, dispuesta a frenar esa insufrible sensación. Pero un momento antes de rozar la tela con la yema de los dedos, echó a correr. Bajó a toda prisa, sin mirar al frente, concentrándose en cada una de las zancadas, para que la enviaran cada vez más lejos.

La premura de su carrera le hizo llegar a un extraño paisaje. El duro suelo mudó en arena, y comenzó, esta vez, a llover. Era una lluvia triste, el aguacero que precede a las desgracias. La viajera buscó un lugar en el que cubrirse, pero en aquél desierto no había siquiera piedras para protegerse del temporal. Sentía las gotas como frías agujas clavándose a la vez en la piel.

Avistó entonces a lo lejos algo tendido en el suelo. “Tal vez sirva para cubrirme” pensó. Correteó un poco hasta llegar, y una mezcla de sentimientos se apoderó de ella. Por una parte, desilusión por no haber encontrado lo que buscaba. Por otra, el hastío de una imagen desagradable. Y por último, la compasión floreciente, impropia de su edad. Derrumbado en la arena, la moribunda figura de un niño, que sonreía mirando las nubes. Cada espiración, suspiros por donde una parte del alma se escapaba por su boca, era acompañada por un gimoteo de dolor. Su esquelética complexión, sus hoyuelos hundidos, las profundas arrugas de la piel, hacían que se pareciese más a un cadáver que a un crío de apenas ocho años.

-Agua…-Su voz sonaba como si su garganta estuviese llena de polvo. Hablaba, pero no parecía haberse dado cuenta de la presencia de la recién llegada. -Sé que con esta no sobreviviré. Pero hacía tanto tiempo que la buscaba…

Una última sonrisa y una mueca de dolor fueron los últimos movimientos que realizó. Una silenciosa lágrima se deslizó por su rostro, uniéndose al agua que lo empapaba. Luego se quedó quieto, muy quieto. Quieto para siempre.

Nuestra niña, tras permanecer de rodillas observando el cuerpo inmóvil del chiquillo, se levantó. En algún momento, con un sentimiento que ninguno de los adjetivos se aproxima siquiera, llegó al bosque.

Y jamás, jamás, volvió a recordar que en algún momento deseó con febril insistencia tener un camisón nuevo, del color del cielo.