martes, 18 de mayo de 2010
Lo que me dicen tus tacones
viernes, 26 de marzo de 2010
¿Sabes? Te quiero
En un segundo pude verte. De repente, sin sentido, sin saber cuando habías llegado. Apenas me dí cuénta de cómo se movía la cama cuando subiste. La oscuridad inundaba la habitación, como el agua a una pecera. Tan solo fui consciente cuando clavamos nuestras miradas, cuando tus manos se hundieron en el colchón a ambos lados de mi cabeza.
Me aovillé como pude, sin flexionar demasiado las piernas bajo tu cuerpo. A cada rato, pasaba un coche y la luz de sus faros me permitía vislumbrarte, a tí, tu torso, el contorno de tu rostro. La barbilla, con algo de cabello incipiente. El pelo, que caía a ambos lados de la cara como si fuera de un corderito. Agadecí que todavía pudiese acompasar la respiración y pestañeé sin comprender qué pasaba. De alguna manera, no podía mover las manos, que recogidas en mi pecho notaban como el corazón intentaba atravesar mis costillas, como si quisiese volver junto a su dueño, a quien le pertenece, quien velaba mi cuerpo con el suyo. De no ser por la escasa luz, jamás podría haber apreciado que tu pecho se hallaba desprovisto de cualquier tipoo de prenda. Tu desnudez hizo que casi al instante una ola de calor inundara mi cara, adquiriendo ese color rojizo del que tanto te reías. Recuerdo el sopor y la pesadez de mis brazos en aquél momento, cada instante quedó grabado en mi memoria como hierro candente. Ignoro cuánto tiempo pasó hasta que sonreistes a mi reacción, lo que fue la última bala que hizo que me rindiera. La perfección de tu semblante, curvado en la orilla de las puertas de tu aliento me hipnotizó. Sin poder reaccionar, te inclinastes completamente. Tus antebrazos quedaron apoyados junto mis hombros, tu espalda adoptó forma felina y tu boca avanzó junto a la mía, imparable, como si inevitablemente sus destinos se cruzaran. Entonces cerré los ojos y tu aliento (y ya no olor, si no aroma) me embelesó profundamente hasta paralizarme.
Provocaba adicción. Estuve seguro de que pensabas que me asusté, pude percibirlo en un brillo en tus ojos. Tal vez, por eso desististe en tu ósculo y dejaste caer la cabeza en la almohada, rozando mi cabello. En un desesperado intento, pude separar mis ancladas manos y rodear su espalda, hasta que cediste y acabaste yaciendo sobre mí. Y con la misma fuerza de antes levanté tu cabeza, dejándola caer sobre la mía. Con una réplica de la anterior pasión, mordiendo tus labios, probándolos, con fuerza, desesperación y miedo. Te agarré por la nuca y profundicé lo máximo que pude un último beso antes de separarnos. Observó mi rostro confuso iluminado por las tenuas luces de la calle, impidiéndome ver el suyo que permanecía entre las sombras.
No te vayas, por favor. Aún no. Sigue inundando con tu luz, con tu aura mágica, cada ínfima partícula de esta piel virgen. Sigue llenando con tus sonidos este recipiente vacío. Porque ya te he entregado mi alma, y espero que me invadas con la tuya.
lunes, 15 de febrero de 2010
El gato Chesire (segunda parte)

-¿Y qué te hace pensar que he llorado mucho? ¿Acaso me ves afligida? en tu lugar, guardaría cuidado con tan apresuradas sentencias; alguien podría molestarse- Contesté en un tono de niña caprichosa. Ni siquiera le miré a la cara. Jugueteaba agachada con una hoja mojada, haciéndola girar, como si no estubiera aquél intrigante personaje. Le observé de reojo, ofuscada por su silencio, y noté que no me miraba. Parecía concentrado en algo que nada tenía que ver con llantos o rabietas. Sonreía tranquilo, mirando al infinito como si con la mirada fulminara todos los árboles pudiendo apreciar el horizonte. Nada existía que perturbara la firme calma de ese chico. Un aura invisible parecía que lo cubría, transmitiendo un sosiego y placidez especiales, que me embriagaba.
-Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa -Su voz aterciopelada, acompañada de su movimiento al sentarse a mi lado me sobresaltó, haciendo que diera un pequeño respingo. Él, incorruptible en su tarea, continuaba recitando sin apartar la vista de aquél perdido lugar en su mente, donde sus pupilas, inmóviles, no servían de nada para encontrarlo.
-Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.- Carecía de valor y voluntad para detenerlo ¿Otra treta, tal vez? ¿Un intento desesperado de engatusar a la gente recitando poesía? de cualquier forma, no iba a entorpecer su tarea.
-Quien la oye caer ha recobrado El tiempo en que la suerte venturosa…-Mi cuerpo era lo único que me mantenía ligada a tierra. Pero no, ahora viajaba entre rosales, entre viñedos y voces de gente conocida que hace mucho que desaparecieron. Parece que el sonido de la lluvia desapareciera, turbada ante tan bello recital. Hace tiempo que terminó, pero parece que el eco de su poema se expandiera aún, llevado por el viento y el agua. Por las hojas que volaban lejos, o por los pájaros que ahora arropan a sus crías, pero que pronto echarán a volar de nuevo. Un minuto inmortal transcurrió, hasta que me vi impulsada a decir algo.
-Borges. Sus poemas son muy sentidos.- Con la entumecida mano me aparté el cabello goteante para poder mirarle a la cara. Su característica principal era su sonrisa. Era amplia, sincera y muy traviesa. Los ojos, castaños, como es más normal entre la gente de por aquí. Pero lo que más me sorprendió, dado a mis cavilaciones anteriores (aquellas que parece que hace mucho tiempo que pensé, y que se esfumaron ante la incertidumbre y el olvido) fueron unos mechones rubios claros, con reflejos cobres y rojizos que caían a ambos lados de su rostro. Le miré, vacilante. Él parecía estar riéndose de mi reacción.
Jamás sabré si aquél rayo de sol era él, guiándome por el camino hacia la salida. Tampoco sabré nunca cuál era el final de nuestra historia.Tal vez le odiara y repugnara su manera de comportarse conmigo. O quizás nos amaríamos impulsivamente como dos fieras salvajes. Quién sabe siquiera si le volvería a ver. Lo único que puedo asegurar con certeza es que fue el despertar más bello, con la caricia de una hoja sobre mi rostro. Como si de las que habían volado a causa del violento temporal hubiera traspasado la barrera de lo irreal y hubiese traido el recuerdo de una persona de ensueño que un día me recitó un poema a la orilla de un río.
lunes, 8 de febrero de 2010
El gato Cheshire (primera parte)
Tras recuperar algo de mi conocimiento, me puse en pie, apoyándome sobre la pierna sana, para poder apreciar mejor la hendidura. Me sentí bastante estúpida, sobretodo cuando vinieron a mi mente las numerosas escenas de las prácticas de primeros auxilios, que realizábamos con sorna pensando inocentemente que jamás nos ocurriría nada que precisara dichos conocimientos. Con uno de mis calcetines altos cubrí el tajo a modo de torniquete a la vez que hacía algo de presión con la mano para cortar la hemorragia. Mientras, mordía mi labio inferior tratando de tranquilizarme y no desmayarme de nuevo. Desvié mi mirada, para encontrarme con una densa arboleda, de copas tan altas y frondosas que parecía una selva de setas gigantes de ficción, donde se perdían las cándidas muchachas en su mundo de fantasía. No tuve que esperar mucho más a que cicatrizara, había sido un corte limpio. Pude reconocer rápidamente al culpable: rozé con una roca de aristas afiladas que se alzaba prominente por la cuesta. Retiré entonces la improvisada venda con repulsión para lanzarla lejos y utilizar el otro calcetín para asegurar la cura de la hendidura. Solo entonces, ya que no podía escalar el desnivel, preparada y con mis ánimos cargados de nuevo, pude ponerme en marcha a través del bosque que se habría ante mí.
La inmensidad de la vegetación me asustó y maravilló a la vez. Montones de frescos tonos verdes se alzaban por todos lados, convirtiendo el paisaje en un caos de troncos y hojas. El único sonido que rompía la armonía del ambiente eran mis pisadas sobre las ramas secas y el sonido de las hojas mecidas por el viento. Ignoro el tiempo que anduve, casi flotando como en un sueño, entre los pilares leñosos que emergían de la tierra, hasta que entreví por ellos una neblina, una nube a lo lejos de color amarillo pardo que desapareció enseguida. Tras un segundo de desconcierto, me dirigí lo más veloz que podía en la dirección que creía haberlo dislumbrado, pero… ¡oh! No había nada allí. Tan solo un firme puente de madera sobre un estrecho río ocupaba la franja entre los dos tramos del bosque a la que había llegado a parar. Desconocía el tiempo que podría permanecer perdida por los tortuosos caminos, así que me senté al borde de la estructura para descansar. Dejé que mis piernas se balancearan de forma distraida, salpicando con la punta de mis polvorientas zapatillas algunas gotas a contracorriente. El acorde de la naturaleza, el agua, el viento y el chapoteo me sumió en un estado de somnolencia. Finalmente, me recosté y me dejé llevar por el sopor. El fino ramal de la vegetación más alta formaba un entramado que dejaba entrever tenuamente el cielo. El tiempo era despejado, con algunas nubes que recorrían rápidamente la celeste bóveda.